Dr. Salam Al Rabadi: Author And
Researcher In International Relations.
Artículo traducido al español por
el Equipo de la SAEEG, Argentina,2021.
Es lógico
destacar la relatividad de la ciencia, ya que la posición sobre la teleología
(y la finalidad) de la ciencia y el conocimiento se caracteriza por la sospecha
y el relativismo, especialmente a la luz de este nuevo patrón global a nivel de
corrupción política y económica. Esta realidad abre la puerta a la controversia
sobre los problemas relacionados con la objetividad de muchos enfoques
académicos, la fiabilidad de los números y las controversias científicas
asociadas con la pandemia “Covid 19”.
En consecuencia, a pesar de las
complejidades a las que se enfrenta el desarrollo de la ciencia, la teoría del
escepticismo seguirá estando sujeta a rotación y, sobre la base de ello, a
nivel de las relaciones internacionales hay una cuestión muy importante sobre
el determinismo científico:
¿Se permite que la ciencia se desarrolle tanto como pueda,
independientemente de las posibles consecuencias que tendrá en las sociedades y
el destino de la humanidad?
Es evidente que ya no existe una confianza absoluta
en la ciencia moderna a la luz del principio fundamental sobre el que se
encuentra el posmodernismo, que es el principio de duda en el conocimiento
científico. La paradoja aquí es que cuestionar la ciencia y sus resultados ya
no es una cuestión filosófica, sino más bien práctica. Donde parece clara e
inequívoca que la realidad del conocimiento, el poder y la libertad académica a
la luz de la pandemia “Covid 19”,
es un reflejo preciso de las tensiones teóricas y prácticas asociadas con la
problemática de la relación entre la ciencia y la política en las relaciones
internacionales.
Esta realidad plantea muchas
controversias sobre la posibilidad y eficacia de establecer controles éticos a
nivel de la ciencia, ya que parece que el desarrollo de la producción científica
y sus implicaciones y sus complejidades entrelazadas vienen mucho más rápido
que el desarrollo de controles éticos.
Partiendo de esto, y en medio de la provocativa incertidumbre, y con la
presencia de muchas tendencias radicales asociadas con la dualidad de la
relación entre la ciencia y la política, hay una necesidad de encontrar algo
fijo en algún lugar. Tal como la etapa en la que los estados estaban tratando
de abordar los problemas científicos mediante el establecimiento de comités
técnicos tradicionales que reúnen a académicos y especialistas, resultó ser
ineficaz.
Por lo tanto, ha llegado el momento de iniciar una
era que se ocupe de establecer leyes y tratados claros e inequívocos sobre los
problemas del desarrollo científico, especialmente a nivel del derecho penal
internacional. Donde, al rastrear el desarrollo del derecho penal internacional
en un nivel teórico y práctico, queda claro que no se mantiene al día con los
nuevos patrones globales y sus implicaciones para la seguridad humana global.
Esto requiere ciertamente modificar el Estatuto de Roma y ampliar los poderes
de la Corte Penal Internacional para incluir los crímenes relacionados con la
revolución biotécnica, la ingeniería climática, la inteligencia artificial, la modificación de virus y la guerra biológica,
etc.
Al final, hay que subrayar que la ciencia es sólo
una forma de pensamiento desarrollada por el hombre y no es necesariamente la
mejor forma, y que sólo es superior a los ojos de los creyentes en el mito del determinismo de la ideología científica. Por ejemplo, la creencia era que la confianza en
los modelos matemáticos eliminaría el sesgo humano, pero en la práctica esos
algoritmos (modelos) comenzaron a ejercer sus propios sesgos con respecto a
cómo funcionan, hasta el punto de que el concepto de Justicia Algorítmica
comenzó a circular y a exigir la Destrucción
de las Armas de las Matemáticas. Y
esto confirma que la era científica asociada con la tecnología no está
garantizada para producir resultados positivos cuando la humanidad está pasando
por momentos difíciles.
Este determinismo científico plantea muchas preguntas… ¿Está la ciencia
jugando actualmente el papel de la religión en la sociedad moderna? En
consecuencia, ¿hay necesidad de un proceso de separación entre la ciencia y el
Estado (es decir, la política), como fue el proceso de separar la religión y el
Estado o la política?
La respuesta lógica a estas preguntas puede estar en la pregunta del inicio
sobre si existe la posibilidad de trazar límites máximos del progreso
científico antes de pensar en separarlo de la política.
En resumen, si el siglo XXI ha
reconsiderado las certezas en todo lo relacionado con el hombre y la política,
y si es el laicismo trató de ser una alternativa a la ética de las religiones, ¿será
el desarrollo de la ciencia (que no se puede detener) factor decisivo e
inesperado, que colocará a las relaciones internacionales en el siglo XXI
frente a nuevos patrones, a los que no será fácil encontrar un enfoque teórico
y práctico?